El feminismo ha alertado desde hace tiempo sobre las problemáticas que surgen del ideal romántico y el amor como institución de control y trabajo dentro del matrimonio. Y si bien creíamos que la tendencia que nos arrastraría hacia modelos como Gilead (el país del cuento de la criada) en contra respuesta a la 4ta ola o la marea verde eran las trad-wife, ahora vemos que pueden sorprendernos nuevas formas que nos llevan al consumo y explotación del romance desde lugares banalizados y pedantes.
Sin embargo, hoy día, las confusiones son muchas. Vemos en redes sociales que el feminismo fue entendido por algunas jóvenes como una excusa para exponerse en redes, monetizar sus vidas, o incluso, para posicionarse desde un lugar de superioridad binaria con respecto a los varones (también como contra respuesta a un mundo que nos oprime desde todos los aspectos de la vida).
Sin abordar la complejidad de qué es el feminismo, podemos decir que está lejos, lejísimo, de esto. El feminismo, a grandes rasgos, es un movimiento, universal, ecléctico, que se sostiene sobre un paradigma primordial que es luchar por la igualdad de género, respetando las diversidades, pero fundamentalmente, o al menos para la que suscribe, el feminismo debe ser interseccional, siempre. Un feminismo racial no es feminismo, un feminismo que no atienda la desigualdad de clases no resuelve las diferencias estructurales de la sociedad. Entonces, el feminismo boga por la integridad de esos cuerpos y vidas en contra de las masculinidades toxicas instaladas culturalmente, si, podemos resumirlo así.
Desde la última ola feminista, que sufrió un quiebre en su auge o curva ascendente por el avance de las nuevas derechas, la exposición en redes sociales de los cuerpos, de las vidas, de los consumos en general, incentivó a lo que antes llamábamos “pegarla” en el sentido de conseguir estatus, o dinero, fama, “reconocimiento”, se vuelva una expectativa para el común de los que habitan estas redes, sobre todo en tik tok e Instagram.
Vivimos una era en donde los conceptos están trastocados, como en el mundo del revés, libertad es opresión, y empoderamiento es mostrar el culo en redes, como mencionó alguna vez Julia Mengolini en la radio. Y ahora está esta tendencia de las citas de alto costo. Mujeres, todas ellas jovencitas, que cuentan en sus perfiles cuánto debe gastar un hombre en una primera cita. Las cifras ascienden a números exorbitantes, lo que unos gastamos en meses, ellos lo exhiben en gastos ridículos de una noche. La vinculación se vuelve una transacción.
Entonces, cuáles son las problemáticas que se nos presentan aquí. Primero, están las expectativas que cada actor tiene en esta cita. El varón cumple el rol a los asuntos de mostrarse proveedor, resolutivo, pudiente. La mujer responde a patrones de vanidad y monetización del cuerpo, la imagen. Lejos del empoderamiento, la resolución sigue siendo la misma, el romance de vidriera de san Valentín.
El “valor” no está puesto sobre la experiencia sino sobre el dinero, la apariencia y la búsqueda de reflejar un mundo excepcional e inalcanzable para la mayoría de los mortales, laburantes, adolescentes, estudiantes, gente del llano, que luego verán en las redes sociales como una mujer puede acceder a esos lujos por ser bella y consciente de esa belleza, cuanto más pague un hombre, más se refuerza la idea de que ella vale ese precio, la vanidad es el residuo. Entonces, existe aquí una segunda problemática, la que roza la prostitución 2.0, la que roza la prostitución vip. Una especie de geisha porteña que en vez de ofrecer en su compañía un diálogo interesante producto de su formación ofrece una imagen, un culto vacío y taciturno, en el que el varón es expuesto como aprobado o desaprobado en las redes. Y esa es la tercera problemática que se nos presenta, el doble juego, la idea de que los varones, si son proveedores, cumplen con el rol y la idea de masculinidad que “merece” como recompensa tener acceso carnal sobre la mujer. El juego es cruel, literal, en donde hay una doble aprobación o desaprobación, si la mujer que se muestra realmente merece que se “invierta” todo ese dineral en ella, o si el varón “invirtió” lo suficiente para que la chica le retribuya con un favor sexual que solapan en llamar “segunda oportunidad”. Todo está explicado en los comentarios de los que miran, los espectadores de un reality show que encontró otro formato. Una dinámica que está a un paso de la explotación sexual.
Una de las muchachas (instagramer) mencionaba en sus redes después de las polémicas por subir un reel donde sacaba las cuentas de “cuánto debe gastar un hombre para tener una cita conmigo” que "nosotras (las mujeres) somos una inversión”. La imagen que ella tiene sale una cantidad de tiempo y dinero, gimnasio, ropa, maquillaje, cuidados de belleza, por lo que solo los que lo pueden pagar tendrán su tiempo y atención. Esa idea no es nueva es solo otra forma de comercialización del cuerpo femenino como objeto y no como sujeto. Desde hace ya unos años se viene viralizando la frase “si no es (tal cosa) reina, parami estás soltera” y se teje en esa semblanza una exigencia que vuelve a poner el eje sobre la aprobación de la masculinidad. No se construye desde la equidad, el igual a igual sino desde la suficiencia. Por otro lado la confusión también está presente en la consideración de una conducta feminista en medir al otro como somos medidas, por el contrario, es una conducta bastante burguesa y además no cierra el círculo. Aunque acá no se trate de quién es más o menos feminista, progresista o quien es o no es tal cosa, el dilema atraviesa toda la esfera social desde una perspectiva ética y moral en el sentido de quién es apto y quien no lo es según se diga en redes. Si a nosotras nos exigen belleza les exigiremos atención de grandes lujos. Esto no resuelve nada. Genera una disputa. De poder y de retribuciones.
Entonces, ¿Qué tipo de vínculos queremos, nos relacionarnos desde lo que el otro da y no desde lo que el otro hace o es? Qué mundo construimos cuando construimos el mundo. Bueno.
La meritocracia, el empoderamiento mal entendido, la vanidad, la cortesía de billetera, la exposición en redes, la búsqueda de aprobación, son todos conceptos que rompen la forma en la que los jóvenes se vinculan amorosamente hoy día. Veníamos de generaciones en las que el romance estaba roto por la puesta en escena de aplicaciones de cita que facilitaban poder acceder a la satisfacción sexual sin necesidad de la incomodidad y el compromiso del lazo afectivo. La inmediatez es otro problema, genera una sensación de lo descartable, todo lo que es ya, no dura. Todo lo que es ya, no vale. Las búsquedas de placer son a través del celular, pedimos comida, pedimos sexo, pedimos que nos resuelva todo, cada vez más fácil, es decir, con mayor economía emocional y mental. Vincularse hoy día es un desafío absoluto, exíge exponerse en el plano real frente a un otro que nos ve 24/7 y no en lo efimero e insustancial de las redes.
Pero vamos a pober un punto. Yo no vine a dejarles otra crónica ensayo de anfibia, otra nota de academicísta llena de palabras en las que regodearse en sus propios analisis, yo vine a dar un bife, un zas en toda la cara, o al menos lo intento.
Lo que quiero exponer es que vamos perdiendo la capacidad comunicacional y eso genera una hiperliteralidad de todo, que lleva indefectiblemente a la torcedura de algunos conceptos claves para sostener un sistema de valores que viene siendo degradado y bastardeado por la cultura del capitalismo hace años. Bien, estamos anclados a un aparato que nos exige que vivir es consumir y nuestra referencia de vida es el alter ego de las redes sociales, donde seremos aprobados o desaprobados según los estándares cada vez más inhumanos, hasta nuestras selfies tienen retoques con IA, todo está manoseado para ser “perfecto”, y en este sentido, nos incomodan tres cosas, lo imperfecto, el dolor y el aburrimiento. Osea, lo real.
Pero cuáles son los desafíos que tenemos como sociedad, como feministas. Intentar abordar lo comunicacional desde lugares no crueles, no violentos, quitar el valor de lo monetario y volver a ponerlo donde debe ir, en lo empático, en lo vincular, en lo amoroso, en la vida entendida como una sociedad más justa, humana e igualitaria. El amor debe volver a ser práctica y no trofeo, ni conquista.
Todo parece conducirnos con una velocidad única hacia una finitud de destrucción y ya no parece quedar tiempo ni para sentir esperanza. Debemos proponer sueños, sueños de humanidad. Dejo el analisis y me paro arriba de un tablón para decir esto. Debemos ser Bastián (el niño de la historia sin fin) que de un grano de arena entre sus manos vuelve a construir el mundo de las fantasías. Porque no avanza quien no sueña. Y ya lo dijo el Papa Francisco “hay que soñar en grande”. Así que seguiré sosteniendo mi esperanza remendada en el medio de esta tormenta libertaria, de binarismos entre chades y reinas vanidosas que disfrazan de empoderamiento sacarle guita a los tipos, aunque estemos cada vez más reducidos a un grano de arena les propongo no rendirse… ser más humanos y soñar que nos queda mundo por vivir y por salvar.
Georgina.

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