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La derrota del feminísmo en las redes o cómo el capitalismo absorvió sus consignas

 Mi cuerpo es mío, yo decído. Rezaban banderas y carteles cuando fue la marea verde. Yo venía militando el aborto desde antes de considerarme feminísta (aunque tarde pocos meses en darme cuenta). Cuando estalló la marea verde la felicidad era total, nos sentíamos plenas y confiadas de estar ganando una lucha que nos había hecho poner el cuerpo, las ganas, las energías y el sentido por tanto tiempo y con postergaciones personales, que no pudimos, ni supimos como imaginar qué hacer con tanto capital construido y desbordado. Pero a mi, en silencio "mi cuerpo es mio, yo decido" me hacía ruido. Un ruido desde la individualidad. No me interesaba definir sola. Yo quería políticas de salud colectivas. Yo me sentía hermanada y no se trataba de lo que a mi me pasara sola. Sino lo que nos pasaba a todas. Pero era un momento de levantar consignas y avanzar. En el 2020 la frase fue tomada por el movimiento antivacunas y me cayeron todas las fichas de golpe. Estaba claro que una politica de salud pública no debe partir de la definición individual, aunque si, sea una decisión particular, debemos pensar bien nuestras consignas, aunque implique no llegar a todos cuando avanzamos en las luchas.

Al poco tiempo Julia Mengolini salió en futurock diciéndo algo que me pareció revelador "si empoderarse significa que Jimena Barón pueda mostrar el culo en instagram, disculpenme pero el feminismo está luchando al pedo". (No la estoy citando adecuadamente, disculpen, no encontré el registro).

Las lógicas emancipatorias o de empoderamiento sobre el propio cuerpo están completamente distorcionadas en el plano digital.

El planteamiento de que el capitalismo neoliberal y digital cooptó, neutralizó y mercantilizó las demandas emancipatorias sobre el cuerpo de las mujeres es un debate central en la teoría feminista contemporánea (aunque poco abordada en las agendas actuales donde la conyuntura partidaria, institucional o de demanda social nos han pasado por enci.a). Más que una "derrota total", diversas pensadoras analizan este fenómeno bajo nociones como el postfeminismo, el feminismo neoliberal o la cooptación mercantil del deseo.

​Varias referentes teóricas analizan cómo las redes sociales y el mercado han capitalizado los discursos feministas sobre el cuerpo que podemos resumir así:

​Rosalind Gill y Catherine Rottenberg

  • ​Concepto clave: Feminismo Neoliberal y Giro postfeminista.
  • ​Planteamiento: Gill sostiene que las redes sociales (Instagram, TikTok) operan mediante una "subjetividad neoliberal" donde el cuerpo de la mujer es tratado como un proyecto de autogestión, emprendimiento e inversión. El imperativo del "amor propio" (self-love) y el movimiento body positivity fueron absorbidos por las marcas, transformando la autoaceptación en la obligación de consumir cosméticos, rutinas de skincare o cirugías para "ser la mejor versión de una misma". Rottenberg complementa esto señalando que el feminismo empresarial sustituyó la acción colectiva y la justicia estructural por el éxito individual y la estética hipersexualizada.

​Eva Illouz

  • ​Concepto clave: Capitalismo afectivo y mercancías emocionales.
  • ​Planteamiento: Illouz examina cómo la identidad, el deseo y la imagen corporal se regulan a través del mercado digital. La mirada ajena y el algoritmo cuantifican la deseabilidad y la belleza en forma de likes e interacciones. En este proceso, el control sobre el propio cuerpo pasa de ser un acto de liberación feminista a convertirse en una mercancía sometida a las leyes del valor estético y la libre competencia.

​Silvia Federici

  • ​Concepto clave: El cuerpo como última frontera del capitalismo.

  • ​Planteamiento: Aunque su análisis es histórico y político, Federici argumenta que el capitalismo necesita disciplinar el cuerpo femenino de forma constante. En la era digital, la disciplina corporal ya no opera únicamente mediante la fuerza o el rol doméstico tradicional, sino mediante la autoexplotación estética, donde las mujeres consumen la idea de que controlar, modificar y exhibir su cuerpo en las redes equivale a emanciparse.

​Nancy Fraser

  • ​Concepto clave: Cooptación neoliberal del feminismo.

  • ​Planteamiento: Fraser señala que el capitalismo logró despojar al feminismo de su potencial anticapitalista. Al adoptar un lenguaje de libre elección (pro-choice aplicado al consumo estético), el sistema hizo creer que la autoexplotación estética y la hiperexhibición en plataformas digitales constituyen actos de empoderamiento, desplazando la lucha por los derechos laborales, reproductivos y sociales.

​Sarah Banet-Weiser

  • ​Concepto clave: Feminismo de visibilidad (Empowered visibility).

  • ​Planteamiento: Banet-Weiser analiza cómo las marcas comerciales y las plataformas aprovechan las proclamas feministas para vender estéticas. Las redes premian la visibilidad del cuerpo siempre que este se mantenga dentro de los márgenes del consumo, transformando la diversidad de cuerpos en nichos de mercado.

​Sayak Valencia

  • ​Concepto clave: Asedio estético y capitalismo gore.

  • ​Planteamiento: Analiza cómo las redes sociales imponen ideales de consumo e insatisfacción corporal continua, convirtiendo la disciplina del cuerpo en una biopolítica que genera enormes beneficios económicos a costa del sufrimiento psíquico e inseguridad de las mujeres.

La idea de "la estafa de la feminidad" (popularizado de forma célebre por la ensayista y artivista argentina Lala Pasquinelli en su obra homónima, en sintonía con referentes previas como Naomi Wolf en El mito de la belleza) plantea que el patriarcado y el capitalismo han construido un conjunto de mandatos estéticos y de comportamiento presentados como "la esencia de lo femenino" o como un "deseo propio". La estafa reside en hacerle creer a las mujeres que dedicar tiempo, dinero y salud a disciplinar sus cuerpos las liberará, cuando en realidad las aliena, las empobrece y neutraliza su potencia política.

​Al conectar las teorías feministas sobre el capitalismo digital con "la estafa de la feminidad", vemos cómo cada autora aporta una pieza al rompecabezas de este engranaje:

​Supongamos que pudiesemos armar una red teórica de "La Estafa de la Feminidad" con los conceptos de las diferentes autoras citadas para empezar a problematizar dónde está el feminísmo actual y por qué nos debemos este debate:

1. La base del engaño: Del trabajo reproductivo a la disciplina estética (Silvia Federici)

​Federici demuestra que el capitalismo no puede existir sin controlar los cuerpos femeninos. La "estafa" en la era digital consiste en haber reemplazado el mandato explícito de la domesticidad del siglo XX por el mandato de la producción estética. La energía, el dinero y las horas que las mujeres podrían dedicar a la organización política, laboral o al descanso se dilapidan en rutinas de cuidado, cirugías, gimnasios e intervenciones para "estar a la altura" de los algoritmos.

​2. La trampa del lenguaje: Emancipación convertida en mercado (Nancy Fraser)

​Fraser explica cómo la estafa se consolida políticamente: el capitalismo tomó el vocabulario del feminismo (libertad, decisión, autonomía) y lo despojó de su dimensión colectiva. Hoy en día, someterse a exigencias corporales severas o hipersexualizarse en redes se vende bajo la premisa de "yo lo elijo por me hace bien a mí misma". Esta es la estafa ideológica: transformar un mandato disciplinario en una aparente victoria de la "libertad individual".

​3. El mecanismo psicológico: La subjetividad neoliberal y el self-care (Rosalind Gill y Catherine Rottenberg)

​Gill y Rottenberg aportan la clave de la psicología del engaño. La mujer en las redes sociales no es solo consumidora, sino el "proyecto" mismo. La estafa opera haciendo creer que el cuerpo es una empresa que hay que optimizar (dietas, Skincare, fitness). El mandato ya no es "sé bonita para agradar a un hombre" (patrón patriarcal tradicional), sino "sé bonita para ti misma, sé tu propia jefa, invierte en ti". Esto genera una trampa perfecta: si la mujer no alcanza el estándar estético, la culpa recae enteramente sobre su falta de "amor propio" o de disciplina, no sobre la estructura mercantil.

​4. El espejismo de la inclusión: Feminismo de visibilidad (Sarah Banet-Weiser)

​Plataformas como Instagram o TikTok aparentan haber democratizado la belleza celebrando la "diversidad". Sin embargo, Banet-Weiser advierte que esto es parte de la estafa: los movimientos de resistencia como el Body Positivity son absorbidos por corporaciones para vender cosméticos e indumentaria "inclusiva". La visibilidad del cuerpo femenino en redes no rompe la cosificación; simplemente expande las fronteras del mercado a más tipos de cuerpos.

​5. La moneda de cambio: El capital afectivo y el asedio (Eva Illouz y Sayak Valencia)

​Illouz argumenta que en el capitalismo afectivo el valor de una persona se mide en su capacidad de atraer miradas y aprobación digital (likes, seguidores). El cuerpo se convierte en el activo financiero más importante de la mujer. Sayak Valencia llama a esto un asedio estético: una biopolítica donde las redes mantienen a las mujeres en un estado transitorio de insatisfacción constante, obligándolas a consumir productos que prometen aliviar esa inseguridad, alimentando así a las industrias multimillonarias de la moda, la belleza y la medicina estética.

​En conclusión: ¿Ganó el capitalismo la batalla en los cuerpos de las mujeres?

​Decir que el capitalismo "le ganó la batalla al feminismo" en las redes sociales describe de manera contundente un proceso real de cooptación, pero no una derrota definitiva.

​La verdadera "estafa de la feminidad" en el entorno digital contemporáneo radica en haber logrado que la autoexplotación estética sea percibida y celebrada como un acto de emancipación feminista. Las redes sociales crearon una arquitectura donde el cuerpo de la mujer ya no necesita ser disciplinado por la violencia explícita o la prohibición, sino a través del deseo autogenerado, la mirada algorítmica y el imperativo del consumo feliz.

​Sin embargo, el feminismo como movimiento no se agota en la superficie de la cultura de las redes digitales. El hecho de que autoras contemporáneas —desde el entorno académico internacional como Fraser, Gill o Illouz, hasta activistas y ensayistas del ámbito hispanohablante como Pasquinelli o Valencia— puedan desmontar la arquitectura de este engaño demuestra que la capacidad crítica del feminismo sigue viva y activa.

Sin embargo, hay una ruptura entre el plano vivo y el plano digital. Ambos son parte de la realidad de las sujetas políticas que somos. Pero también ambos constituyen identidades diferentes. En lo vivo tenemos asambleas, rondas feminístas, juntadas con amigas, incluso, que no parecen verse permeables a esta tiranía de la estética y la belleza. Pero en la llanura digital, desde la más progresista, hasta la más veterana o recién llegada construyen su alter ego con  filtros de ig, poses mirando a la lente en su avatar de wassapp o, quiza las más jovenes, directamente tienen perfiles "públicos" en los que se muestran completamente desnudas, en oferta, a la vista de quién caiga a su perfil. Exividas todas en el mismo lodo de las redes sociales, al antojo de la mirada masculina que puede elegirnos o no, ya como hemos sido educadas por siglos de novelas románticas y mitos ontológicos donde ser elegida por un hombre es la verdadera realización de una mujer, le da sentido de aprobación en el mundo. Entonces el círculo metáforico cierra perfecto. Se ofrece un cuerpo producto en la góndola del deseo, exibido para que sea elegido, o no, por los hombres, a disposición de la mirada ajena. Creyendo el cuento de que ser elegidas es parte de nuestra libertad cuando lo que nos hace libres es poder elegir. Es tan burdo que hasta parece distópico.

​Pero, sin caer en pesimismos, creemos que el capitalismo neoliberal no eliminó la lucha feminista sobre el cuerpo; la trasladó a un nuevo terreno de batalla. La verdadera disputa contemporánea consiste en alfabetizar críticamente  (eso que llamamos formación política), sobre cómo funcionan estos dispositivos digitales para desarticular el mito de que la libertad individual se compra en una pantalla, devolviéndole al cuerpo femenino su condición de espacio de soberanía, placer y potencia colectiva, fuera de las lógicas del mercado y del algoritmo.

Para cerrar con una frase de Teoría King Kong que suele generar (eso que los educandos o psicólogos llaman) un conflicto cognitivo en quién la escucha o lee:

Ser sujetas deseantes más que sujetas de deseo.

Hasta la próxima vez...

Georgina.



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